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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://escritos.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Escritos por escritores</title><description>Escritos de Literatura y filosof&#xED;a. Selecci&#xF3;n de Esteban Pinotti.</description><link>https://escritos.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Funes el memorioso</title><link>https://escritos.blogia.com/2012/071601-funes-el-memorioso.php</link><guid isPermaLink="true">https://escritos.blogia.com/2012/071601-funes-el-memorioso.php</guid><description><![CDATA[<p class="p1">Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, s&oacute;lo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, vi&eacute;ndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crep&uacute;sculo del d&iacute;a hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente <span class="s1"><em>remota</em></span>, detr&aacute;s del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. M&aacute;s de tres veces no lo vi; la &uacute;ltima, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre &eacute;l; mi testimonio ser&aacute; acaso el m&aacute;s breve y sin duda el m&aacute;s pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editar&aacute;n ustedes. Mi deplorable condici&oacute;n de argentino me impedir&aacute; incurrir en el ditirambo -g&eacute;nero obligatorio&nbsp;en el Uruguay-,cuando el tema es un uruguayo. <span class="s1"><em>Literato</em></span>, <span class="s1"><em>cajetilla, porte&ntilde;o; </em></span>Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para &eacute;l esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, &laquo;un Zarathustra cimarr&oacute;n y vern&aacute;culo&raquo;; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era tambi&eacute;n un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.</p> <p class="p1">Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del a&ntilde;o ochenta y cuatro. Mi padre, ese a&ntilde;o, me hab&iacute;a llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volv&iacute;a con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.</p> <p class="p1">Volv&iacute;amos cantando, a caballo, y &eacute;sa no era la &uacute;nica circunstancia de mi felicidad.</p> <p class="p1">Despu&eacute;s de un d&iacute;a bochornoso, una enorme tormenta color pizarra hab&iacute;a escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquec&iacute;an los &aacute;rboles; yo ten&iacute;a el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callej&oacute;n que se ahondaba entre dos veredas alt&iacute;simas de ladrillo. Hab&iacute;a oscurecido de golpe; o&iacute; r&aacute;pidos y casi secretos pasos en lo alto; alc&eacute; los ojos y vi un muchacho que corr&iacute;a por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarr&oacute;n ya sin l&iacute;mites. Bernardo le grit&oacute;</p> <p class="p1">imprevisiblemente: &laquo;&iquest;Qu&eacute; horas son, Ireneo?&raquo; Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondi&oacute;: &laquo;Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco&raquo;. La voz era aguda, burlona.</p> <p class="p1">Yo soy tan distra&iacute;do que el di&aacute;logo que acabo de referir no me hubiera llamado la atenci&oacute;n si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la r&eacute;plica tripartita del otro.</p> <p class="p1">Me dijo que el muchacho del callej&oacute;n era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agreg&oacute; que era hijo de una planchadora del pueblo, Mar&iacute;a Clementina Funes, y que algunos dec&iacute;an que su padre era un m&eacute;dico del saladero, un ingl&eacute;s O&rsquo;Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Viv&iacute;a con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.</p> <p class="p1">55Los a&ntilde;os ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volv&iacute; a Fray Bentos. Pregunt&eacute;, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el &laquo;cronom&eacute;trico Funes&raquo;. Me contestaron que lo hab&iacute;a volteado un redom&oacute;n en la estancia de San Francisco, y que hab&iacute;a quedado Tullido, sin esperanza.</p> <p class="p1">Recuerdo la impresi&oacute;n de inc&oacute;moda magia que la noticia me produjo: la &uacute;nica vez que yo lo vi, ven&iacute;amos a caballo de San Francisco y &eacute;l andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, ten&iacute;a mucho de sue&ntilde;o elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se mov&iacute;a del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telara&ntilde;a. En los atardeceres, permit&iacute;a que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era ben&eacute;fico el golpe que lo hab&iacute;a fulminado... Dos veces lo vi atr&aacute;s de la reja, que burdamente recalcaba su condici&oacute;n de eterno prisionero: una, inm&oacute;vil, con los ojos cerrados; otra, inm&oacute;vil tambi&eacute;n, absorto en la contemplaci&oacute;n de un oloroso gajo de santonina.</p> <p class="p1">No sin alguna vanagloria yo hab&iacute;a iniciado en aquel tiempo el estudio met&oacute;dico del lat&iacute;n. Mi valija inclu&iacute;a el <span class="s1"><em>De vires illustribus </em></span>de Lhomond, el <span class="s1"><em>Thesaurus </em></span>de Quicherat, los comentarios de Julio C&eacute;sar y un volumen impar de la <span class="s1"><em>Naturalis historia </em></span>de Plinio, que exced&iacute;a (y sigue excediendo) mis m&oacute;dicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tard&oacute; en enterarse del arribo de esos libros an&oacute;malos. Me dirigi&oacute; una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, &laquo;del d&iacute;a siete de febrero del a&ntilde;o ochenta y cuatro&raquo;, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi t&iacute;o, finado ese mismo a&ntilde;o, &laquo;hab&iacute;a prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingo&raquo;, y me solicitaba el pr&eacute;stamo de cualquiera de los vol&uacute;menes, acompa&ntilde;ado de un diccionario &laquo;para la buena inteligencia del texto original, porque todav&iacute;a ignoro el lat&iacute;n&raquo;. Promet&iacute;a devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortograf&iacute;a, del tipo que Andr&eacute;s Bello preconiz&oacute;: i por y, j por g. Al principio, tem&iacute; naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo lat&iacute;n no requer&iacute;a m&aacute;s instrumento que un diccionario; para desenga&ntilde;arlo con plenitud le mand&eacute; el <span class="s1"><em>Gradus ad Parnassum, </em></span>de Quicherat, y la obra de Plinio.</p> <p class="p1">El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba &laquo;nada bien&raquo;. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicci&oacute;n entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentaci&oacute;n de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, not&eacute; que me faltaba el <span class="s1"><em>Gradus </em></span>y el primer tomo de la <span class="s1"><em>Naturales historia. </em></span>El <span class="s1"><em>Saturno </em></span>zarpaba al d&iacute;a siguiente, por la ma&ntilde;ana; esa noche, despu&eacute;s de cenar, me encamin&eacute; a casa de Funes. Me asombr&oacute; que la noche fuera no menos pesada que el d&iacute;a.</p> <p class="p1">En el decente rancho, la madre de Funes me recibi&oacute;.</p> <p class="p1">Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extra&ntilde;ara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sab&iacute;a pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atraves&eacute; el patio de baldosa, el corredorcito; llegu&eacute; al segundo patio. Hab&iacute;a una parra; la oscuridad pudo parecerme total. O&iacute; de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en lat&iacute;n; esa voz (que ven&iacute;a de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria&nbsp;o incantaci&oacute;n. Resonaron las s&iacute;labas romanas en el patio de tierra; mi temor las cre&iacute;a indescifrables, interminables; despu&eacute;s, en el enorme di&aacute;logo de ese noche, supe que formaban el primer p&aacute;rrafo del vig&eacute;simo cuarto cap&iacute;tulo del libro s&eacute;ptimo de la <span class="s1"><em>Naturalis historia. </em></span>La materia de ese cap&iacute;tulo es la memoria; las palabras &uacute;ltimas fueron &laquo;<span class="s1"><em>ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum&raquo;.</em></span></p> <p class="p1">Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba creo rememorar el ascua moment&aacute;nea del cigarrillo. La pieza ol&iacute;a vagamente a humedad. Me sent&eacute;; repet&iacute; la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.</p> <p class="p1">Arribo, ahora, al m&aacute;s dif&iacute;cil punto de mi relato. &Eacute;ste (bueno e que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese di&aacute;logo d hace ya medio siglo. No tratar&eacute; de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y d&eacute;bil; yo s&eacute; que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados per&iacute;odos que me abrumaron esa noche.</p> <p class="p1">Ireneo empez&oacute; por enumerar, en lat&iacute;n y espa&ntilde;ol, los casos d memoria prodigiosa registrados por la <span class="s1"><em>Naturalis historia: </em></span>Ciro, re de los persas, que sab&iacute;a llamar por su nombre a todos los soldado de sus ej&eacute;rcitos; Mitr&iacute;dates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Sim&oacute;nides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravill&oacute; de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa e: que lo volte&oacute; el azulejo, &eacute;l hab&iacute;a sido lo que son todos los cristiano: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Trat&eacute; de recordarle su percepci&oacute;n exacta del tiempo, su memoria de nombre propios; no me hizo caso.) Diecinueve a&ntilde;os hab&iacute;a vivido con quien sue&ntilde;a: miraba sin ver, o&iacute;a sin o&iacute;r, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdi&oacute; el conocimiento; cuando lo recobr&oacute;, el presente era casi intolerable de tan rico y tan n&iacute;tido, y tambi&eacute;n las memorias m&aacute;s antiguas y m&aacute;s triviales. Poco despu&eacute;s averigu&oacute; que estaba tullido. El hecho apenas le interes&oacute;. Razon&oacute; (sinti&oacute;) que la inmovilidad era un precio m&iacute;nimo. Ahora su percepci&oacute;n y su memoria eran infalibles.</p> <p class="p1">Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los v&aacute;stagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sab&iacute;a las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y pod&iacute;a compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta espa&ntilde;ola que s&oacute;lo hab&iacute;a mirado una vez y con las l&iacute;neas de la espuma que un remo levant&oacute; en el R&iacute;o Negro la v&iacute;spera de la acci&oacute;n del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, t&eacute;rmicas, etc.</p> <p class="p1">Pod&iacute;a reconstruir todos los sue&ntilde;os, todos los entresue&ntilde;os. Dos o tres veces hab&iacute;a reconstruido un d&iacute;a entero; no hab&iacute;a dudado nunca, pero cada reconstrucci&oacute;n hab&iacute;a requerido un d&iacute;a entero. Me dijo: &laquo;M&aacute;s recuerdos tengo yo solo que los que habr&aacute;n tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo&raquo;. Y tambi&eacute;n: &laquo;Mis sue&ntilde;os son como la vigilia de ustedes&raquo;. Y tambi&eacute;n, hacia el alba: &laquo;Mi memoria, se&ntilde;or, es como vaciadero de basuras&raquo;. Una circunferencia en un pizarr&oacute;n, un tri&aacute;ngulo rect&aacute;ngulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No s&eacute; cu&aacute;ntas estrellas ve&iacute;a en el cielo.</p> <p class="p1">Esas cosas me dijo; ni entonces ni despu&eacute;s las he puesto en duda. En aquel tiempo no hab&iacute;a cinemat&oacute;grafos ni <span class="s1"><em>fon&oacute;grafos; es, </em></span>sin embargo, inveros&iacute;mil y hasta incre&iacute;ble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre har&aacute; todas las cosas y sabr&aacute; todo.</p> <p class="p1">La voz de Funes, desde la oscuridad, segu&iacute;a hablando.</p> <p class="p1">Me dijo que hacia 1886 hab&iacute;a discurrido un sistema original de numeraci&oacute;n y que en muy pocos d&iacute;as hab&iacute;a rebasado el veinticuatro mil. No lo hab&iacute;a escrito, porque lo pensado una sola vez ya no pod&iacute;a borr&aacute;rsele. Su primer est&iacute;mulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplic&oacute; luego ese disparatado principio a los otros n&uacute;meros. En lugar de siete mil trece, dec&iacute;a (por ejemplo) &laquo;M&aacute;ximo P&eacute;rez&raquo;; en lugar de siete mil catorce, &laquo;El Ferrocarril&raquo;; otros n&uacute;meros eran &laquo;Luis Meli&aacute;n Lafinur&raquo;, &laquo; Olimar&raquo;, &laquo;azufre&raquo;, &laquo;los bastos&raquo;, &laquo;la ballena&raquo;, &laquo;el gas&raquo;, &laquo;la caldera&raquo;, &laquo;Napole&oacute;n&raquo;, &laquo;Agust&iacute;n de Vedia&raquo;. En lugar de quinientos, dec&iacute;a &laquo;nueve&raquo;. Cada palabra ten&iacute;a un signo particular, una especie de marca; las &uacute;ltimas eran muy complicadas... Yo trat&eacute; de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeraci&oacute;n. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; an&aacute;lisis que no existe en los &laquo;n&uacute;meros&raquo; <span class="s1"><em>El Negro Timoteo o manta de carne. </em></span>Funes no me entendi&oacute; o no quiso entenderme.</p> <p class="p1">Locke, en el siglo XVII, postul&oacute; (y reprob&oacute;) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada p&aacute;jaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyect&oacute; alguna vez un idioma an&aacute;logo, pero lo desech&oacute; por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no s&oacute;lo recordaba cada hoja de cada &aacute;rbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la hab&iacute;a percibido o imaginado. Resolvi&oacute; reducir cada una de sus jornadas pret&eacute;ritas a unos setenta mil recuerdos, que definir&iacute;a luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era in&uacute;til. Pens&oacute; que en la hora de la muerte no habr&iacute;a acabado a&uacute;n de clasificar todos los recuerdos de la ni&ntilde;ez.</p> <p class="p1">Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los n&uacute;meros, un in&uacute;til cat&aacute;logo mental de todas las im&aacute;genes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. &Eacute;ste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, plat&oacute;nicas. No s&oacute;lo le costaba comprender que el s&iacute;mbolo gen&eacute;rico <span class="s1"><em>perro </em></span>abarcara tantos individuos dispares de diversos tama&ntilde;os y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprend&iacute;an cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discern&iacute;a el movimiento del minutero; Funes discern&iacute;a continuamente los tranquilos avances de la corrupci&oacute;n, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y l&uacute;cido espectador de un mundo multiforme, instant&aacute;neo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginaci&oacute;n de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presi&oacute;n de una realidad tan infatigable como la que d&iacute;a y noche converg&iacute;a sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy dif&iacute;cil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas&nbsp;precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era m&aacute;s minucioso y m&aacute;s vivo que nuestra percepci&oacute;n de un goce f&iacute;sico o de un tormento f&iacute;sico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, hab&iacute;a casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homog&eacute;nea; en esa direcci&oacute;n volv&iacute;a la cara para dormir. Tambi&eacute;n sol&iacute;a imaginarse en el tundo del r&iacute;o, mecido y anulado por la corriente.</p> <p class="p1">Hab&iacute;a aprendido sin esfuerzo el ingl&eacute;s, el franc&eacute;s, el portugu&eacute;s, el lat&iacute;n. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no hab&iacute;a sino detalles, casi inmediatos.</p> <p class="p1">La recelosa claridad de la madrugada entr&oacute; por el patio de tierra.</p> <p class="p1">Entonces vi la cara de la voz que toda la noche hab&iacute;a hablado. Ireneo ten&iacute;a diecinueve a&ntilde;os; hab&iacute;a nacido en 1868; me pareci&oacute; monumental como el bronce, m&aacute;s antiguo que Egipto, anterior a las profec&iacute;as y a las pir&aacute;mides. Pens&eacute; que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perdurar&iacute;a en su implacable memoria; me entorpeci&oacute; el temor de multiplicar ademanes in&uacute;tiles.</p> <p class="p1">Ireneo Funes muri&oacute; en 1889, de una congesti&oacute;n pulmonar.</p> <p class="p1">1942</p>]]></description><pubDate>Mon, 16 Jul 2012 20:57:00 +0000</pubDate></item><item><title>Poes&#xED;as de Borges</title><link>https://escritos.blogia.com/2006/042402-poesias-de-borges.php</link><guid isPermaLink="true">https://escritos.blogia.com/2006/042402-poesias-de-borges.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: right;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">Poemas seleccionados por Esteban Pinotti.&nbsp;</span></span></p><h2 style="text-align: center;"></h2><h2 style="text-align: center;"><span>Jorge Luis Borges</span></h2><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span style="font-family: '&rsquo;Times New Roman&rsquo;';">Poema de los dones</span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Nadie rebaje a l&aacute;grima o reproche <br />Esta declaraci&oacute;n de la maestr&iacute;a <br />De Dios, que con magn&iacute;fica iron&iacute;a <br />Me dio a la vez los libros y la noche. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De esta ciudad de libros hizo due&ntilde;os<br />A unos ojos sin luz, que s&oacute;lo pueden<br />Leer en las bibliotecas de los sue&ntilde;os<br />Los insensatos p&aacute;rrafos que ceden </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Las albas a su af&aacute;n. En vano el d&iacute;a <br />Les prodiga sus libros infinitos, <br />Arduos como los arduos manuscritos <br />Que perecieron en Alejandria. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De hambre y de sed (narra una historia griega) <br />Muere un rey entre fuentes y jardines;<br />Yo fatigo sin rumbo los confines <br />De esa alta y honda biblioteca ciega. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Enciclopedias, atlas, el Oriente <br />Y el Occidente, siglos, dinast&iacute;as, <br />S&iacute;mbolos, cosmos y cosmogon&iacute;as <br />Brindan los muros, pero in&uacute;tilmente. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Lento en mi sombra, la penumbra hueca <br />Exploro con el b&aacute;culo indeciso, <br />Yo, que me figuraba el Para&iacute;so <br />Bajo la especie de una biblioteca. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Algo, que ciertamente no se nombra <br />Con la palabra <em>azar</em>, rige estas cosas; <br />Otro ya recibi&oacute; en otras borrosas <br />Tardes los muchos libros y la sombra. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Al errar por las lentas galer&iacute;as <br />Suelo sentir con vago horror sagrado <br />Que soy el otro, el muerto, que habr&aacute; dado <br />Los mismos pasos en los mismos d&iacute;as. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">&iquest;Cu&aacute;l de los dos escribe este poema <br />De un yo plural y de una sola sombra? <br />&iquest;Qu&eacute; importa la palabra que me nombra <br />si es indiviso y uno el anatema? <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Groussac o Borges, miro este querido <br />Mundo que se deforma y que se apaga <br />En una p&aacute;lida ceniza vaga <br />Que se parece al sue&ntilde;o y al olvido. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">(De &laquo;El Hacedor&raquo;) <p>&nbsp;</p></span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">El reloj de arena</span></span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Est&aacute; bien que se mida con la dura<br />Sombra que una columna en el est&iacute;o<br />Arroja o con el agua de aquel r&iacute;o<br />En que Her&aacute;clito vio nuestra locura </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">El tiempo, ya que al tiempo y al destino <br />Se parecen los dos: la imponderable <br />Sombra diurna y el curso irrevocable <br />Del agua que prosigue su camino. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Est&aacute; bien, pero el tiempo en los desiertos <br />Otra substancia hall&oacute;, suave y pesada, <br />Que parece haber sido imaginada <br />Para medir el tiempo de los muertos. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Surge as&iacute; el aleg&oacute;rico instrumento<br />De los grabados de los diccionarios,<br />La pieza que los grises anticuarios<br />Relegar&aacute;n al mundo ceniciento <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Del alfil desparejo, de la espada <br />Inerme, del borroso telescopio, <br />Del s&aacute;ndalo mordido por el opio <br />Del polvo, del azar y de la nada. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">&iquest;Qui&eacute;n no se ha demorado ante el severo<br />Y t&eacute;trico instrumento que acompa&ntilde;a<br />En la diestra del dios a la guada&ntilde;a<br />Y cuyas l&iacute;neas repiti&oacute; Durero? <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Por el &aacute;pice abierto el cono inverso <br />Deja caer la cautelosa arena, <br />Oro gradual que se desprende y llena <br />El c&oacute;ncavo cristal de su universo. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Hay un agrado en observar la arcana <br />Arena que resbala y que declina <br />Y, a punto de caer, se arremolina <br />Con una prisa que es del todo humana. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">La arena de los ciclos es la misma <br />E infinita es la historia de la arena; <br />As&iacute;, bajo tus dichas o tu pena, <br />La invulnerable eternidad se abisma. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">No se detiene nunca la ca&iacute;da <br />Yo me desangro, no el cristal. El rito <br />De decantar la arena es infinito <br />Y con la arena se nos va la vida. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">En los minutos de la arena creo <br />Sentir el tiempo c&oacute;smico: la historia <br />Que encierra en sus espejos la memoria <br />O que ha disuelto el m&aacute;gico Leteo. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">El pilar de humo y el pilar de fuego,<br />Cartago y Roma y su apretada guerra,<br />Sim&oacute;n Mago, los siete pies de tierra<br />Que el rey saj&oacute;n ofrece al rey noruego, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Todo lo arrastra y pierde este incansable <br />Hilo sutil de arena numerosa. <br />No he de salvarme yo, fortuita cosa <br />De tiempo, que es materia deleznable. <p>&nbsp;</p></span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">Los espejos</span></span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Yo que sent&iacute; el horror de los espejos <br />No s&oacute;lo ante el cristal impenetrable <br />Donde acaba y empieza, inhabitable, <br />un imposible espacio de reflejos </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Sino ante el agua especular que imita<br />El otro azul en su profundo cielo<br />Que a veces raya el ilusorio vuelo<br />Del ave inversa o que un temblor agita </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Y ante la superficie silenciosa<br />Del &eacute;bano sutil cuya tersura<br />Repite como un sue&ntilde;o la blancura<br />De un vago m&aacute;rmol o una vaga rosa, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Hoy, al cabo de tantos y perplejos <br />A&ntilde;os de errar bajo la varia luna, <br />Me pregunto qu&eacute; azar de la fortuna <br />Hizo que yo temiera los espejos. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Espejos de metal, enmascarado<br />Espejo de caoba que en la bruma<br />De su rojo crep&uacute;sculo disfuma<br />Ese rostro que mira y es mirado, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Infinitos los veo, elementales <br />Ejecutores de un antiguo pacto, <br />Multiplicar el mundo como el acto <br />Generativo, insomnes y fatales. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Prolongan este vano mundo incierto <br />En su vertiginosa telara&ntilde;a; <br />A veces en la tarde los empa&ntilde;a <br />El h&aacute;lito de un hombre que no ha muerto. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro <br />Paredes de la alcoba hay un espejo, <br />Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo <br />Que arma en el alba un sigiloso teatro. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Todo acontece y nada se recuerda <br />En esos gabinetes cristalinos <br />Donde, como fant&aacute;sticos rabinos, <br />Leemos los libros de derecha a izquierda. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Claudio, rey de una tarde, rey so&ntilde;ado, <br />No sinti&oacute; que era un sue&ntilde;o hasta aquel d&iacute;a<br />En que un actor mim&oacute; su felon&iacute;a <br />Con arte silencioso, en un tablado. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Que haya sue&ntilde;os es raro, que haya espejos, <br />Que el usual y gastado repertorio <br />De cada d&iacute;a incluya el ilusorio <br />Orbe profundo que urden los reflejos. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Dios (he dado en pensar) pone un empe&ntilde;o <br />En toda esa inasible arquitectura <br />Que edifica la luz con la tersura <br />Del cristal y la sombra con el sue&ntilde;o. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Dios ha creado las noches que se arman <br />De sue&ntilde;os y las formas del espejo <br />Para que el hombre sienta que es reflejo <br />Y vanidad. Por eso nos alarman. <p>&nbsp;</p></span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">La luna</span></span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Cuenta la historia que en aquel pasado<br />Tiempo en que sucedieron tantas cosas<br />Reales, imaginarias y dudosas,<br />Un hombre concibi&oacute; el desmesurado </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Proyecto de cifrar el universo <br />En un libro y con &iacute;mpetu infinito <br />Erigi&oacute; el alto y arduo manuscrito <br />Y lim&oacute; y declam&oacute; el &uacute;ltimo verso. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Gracias iba a rendir a la fortuna <br />Cuando al alzar los ojos vio un bru&ntilde;ido <br />Disco en el aire y comprendi&oacute;, aturdido, <br />Que se hab&iacute;a olvidado de la luna. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">La historia que he narrado aunque fingida, <br />Bien puede figurar el maleficio <br />De cuantos ejercemos el oficio <br />De cambiar en palabras nuestra vida. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Siempre se pierde lo esencial. Es una <br />Ley de toda palabra sobre el numen. <br />No la sabr&aacute; eludir este resumen <br />De mi largo comercio con la luna. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">No s&eacute; d&oacute;nde la vi por vez primera, <br />Si en el cielo anterior de la doctrina <br />Del griego o en la tarde que declina <br />Sobre el patio del pozo y de la higuera. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Seg&uacute;n se sabe, esta mudable vida <br />Puede, entre tantas cosas, ser muy bella <br />Y hubo as&iacute; alguna tarde en que con ella <br />Te miramos, oh luna compartida. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">M&aacute;s que las lunas de las noches puedo <br />Recordar las del verso: la hechizada <br /><em>Dragon moon </em>que da horror a la halada <br />Y la luna sangrienta de Quevedo. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De otra luna de sangre y de escarlata <br />Habl&oacute; Juan en su libro de feroces <br />Prodigios y de j&uacute;bilos atroces; <br />Otras m&aacute;s claras lunas hay de plata. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Pit&aacute;goras con sangre (narra una <br />Tradici&oacute;n) escrib&iacute;a en un espejo <br />Y los hombres le&iacute;an el reflejo <br />En aquel otro espejo que es la luna. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De hierro hay una selva donde mora <br />El alto lobo cuya extra&ntilde;a suerte <br />Es derribar la luna y darle muerte <br />Cuando enrojezca el mar la &uacute;ltima aurora. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">(Esto el Norte prof&eacute;tico lo sabe <br />Y tan bien que ese d&iacute;a los abiertos <br />Mares del mundo infestar&aacute; la nave <br />Que se hace con las u&ntilde;as de los muertos.) <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Cuando, en Ginebra o Z&uuml;rich, la fortuna <br />Quiso que yo tambi&eacute;n fuera poeta, <br />Me impuse. como todos, la secreta <br />Obligaci&oacute;n de definir la luna. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Con una suerte de estudiosa pena<br />Agotaba modestas variaciones,<br />Bajo el vivo temor de que Lugones<br />Ya hubiera usado el &aacute;mbar o la arena, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De lejano marfil, de humo, de fr&iacute;a <br />Nieve fueron las lunas que alumbraron <br />Versos que ciertamente no lograron <br />El arduo honor de la tipograf&iacute;a. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Pensaba que el poeta es aquel hombre<br />Que, como el rojo Ad&aacute;n del Para&iacute;so,<br />Impone a cada cosa su preciso<br />Y verdadero y no sabido nombre, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Ariosto me ense&ntilde;&oacute; que en la dudosa <br />Luna moran los sue&ntilde;os, lo inasible, <br />El tiempo que se pierde, lo posible <br />O lo imposible, que es la misma cosa. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">De la Diana triforme Apolodoro <br />Me dejo divisar la sombra m&aacute;gica; <br />Hugo me dio una hoz que era de oro, <br />Y un irland&eacute;s, su negra luna tr&aacute;gica. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Y, mientras yo sondeaba aquella mina<br />De las lunas de la mitolog&iacute;a,<br />Ah&iacute; estaba, a la vuelta de la esquina,<br />La luna celestial de cada d&iacute;a <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">S&eacute; que entre todas las palabras, una <br />Hay para recordarla o figurarla. <br />El secreto, a mi ver, est&aacute; en usarla <br />Con humildad. Es la palabra luna. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Ya no me atrevo a macular su pura <br />Aparici&oacute;n con una imagen vana; <br />La veo indescifrable y cotidiana <br />Y m&aacute;s all&aacute; de mi literatura. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">S&eacute; que la luna o la palabra <em>luna </em><br />Es una letra que fue creada para <br />La compleja escritura de esa rara <br />Cosa que somos, numerosa y una. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Es uno de los s&iacute;mbolos que al hombre <br />Da el hado o el azar para que un d&iacute;a <br />De exaltaci&oacute;n gloriosa o de agon&iacute;a <br />Pueda escribir su verdadero nombre. <p>&nbsp;</p></span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">La lluvia</span></span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Bruscamente la tarde se ha aclarado <br />Porque ya cae la lluvia minuciosa. <br />Cae o cay&oacute;. La lluvia es una cosa <br />Que sin duda sucede en el pasado. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Quien la oye caer ha recobrado <br />El tiempo en que la suerte venturosa <br />Le revel&oacute; una flor llamada <em>rosa </em><br />Y el curioso color del colorado. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Esta lluvia que ciega los cristales<br />Alegrar&aacute; en perdidos arrabales<br />Las negras uvas de una parra en cierto <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Patio que ya no existe. La mojada <br />Tarde me trae la voz, la voz deseada, <br />De mi padre que vuelve y que no ha muerto. <p>&nbsp;</p></span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h1 style="margin: auto 0in; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;">Arte po&eacute;tica</span></span></h1><div class="MsoNormal" style="margin: 0in 0in 0pt; text-align: center;"><span><span style="font-family: &rsquo;Times New Roman&rsquo;;"><hr width="500" size="1" noshade="noshade" /></span></span></div><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Mirar el r&iacute;o hecho de tiempo y agua <br />Y recordar que el tiempo es otro r&iacute;o, <br />Saber que nos perdemos como el r&iacute;o <br />Y que los rostros pasan como el agua. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Sentir que la vigilia es otro sue&ntilde;o<br />Que sue&ntilde;a no so&ntilde;ar y que la muerte<br />Que teme nuestra carne es esa muerte <br />De cada noche, que se llama sue&ntilde;o. </span></span></p><p>&nbsp;</p><p><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Ver en el d&iacute;a o en el a&ntilde;o un s&iacute;mbolo <br />De los d&iacute;as del hombre y de sus a&ntilde;os, <br />Convertir el ultraje de los a&ntilde;os<br />En una m&uacute;sica, un rumor y un s&iacute;mbolo, <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Ver en la muerte el sue&ntilde;o, en el ocaso <br />Un triste oro, tal es la poes&iacute;a <br />Que es inmortal y pobre. La poes&iacute;a <br />Vuelve como la aurora y el ocaso. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">A veces en las tardes una cara <br />Nos mira desde el fondo de un espejo; <br />El arte debe ser como ese espejo <br />Que nos revela nuestra propia cara. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Cuentan que Ulises, harto de prodigios, <br />Llor&oacute; de amor al divisar su Itaca<br />Verde y humilde. El arte es esa Itaca <br />De verde eternidad, no de prodigios. <p>&nbsp;</p></span></span><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: small;">Tambi&eacute;n es como el r&iacute;o interminable<br />Que pasa y queda y es cristal de un mismo <br />Her&aacute;clito inconstante, que es el mismo<br />Y es otro, como el r&iacute;o interminable.</span></span></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Jorge Luis Borges.</p><p>Esteban Pinotti.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Mon, 24 Apr 2006 00:43:00 +0000</pubDate></item><item><title>Comercio</title><link>https://escritos.blogia.com/2006/041302-comercio.php</link><guid isPermaLink="true">https://escritos.blogia.com/2006/041302-comercio.php</guid><description><![CDATA[<p><span style="font-family: Arial">Los famas hab&iacute;an puesto una f&aacute;brica de mangueras, y emplearon a numerosos cronopios para el enrollado y dep&oacute;sito. Apenas los cronopios estuvieron en el lugar del hecho, una grand&iacute;sima alegr&iacute;a. Hab&iacute;a mangueras verdes, rojas, azules, amarillas y violetas. Eran transparentes y al ensayarlas se ve&iacute;a correr el agua con todas sus burbujas y a veces un sorprendido insecto. Los cronopios empezaron a lanzar grandes gritos, y quer&iacute;an bailar tregua y bailar catala en vez de trabajar. Los famas se enfurecieron y aplicaron en seguida los art&iacute;culos 21, 22 y 23 del reglamento interno. A fin de evitar la repetici&oacute;n de tales hechos.<p> </p></span><span style="font-family: Arial">Como los famas son muy descuidados, los cronopios esperaron circunstancias favorables y cargaron much&iacute;simas mangueras en un cami&oacute;n. Cuando encontraban una ni&ntilde;a, cortaban un pedazo de manguera azul y se la obsequiaban para que pudiese saltar a la manguera. As&iacute; en todas las esquinas se vieron nacer bell&iacute;simas burbujas azules transparentes, con una ni&ntilde;a adentro que parec&iacute;a una ardilla en su jaula. Los padres de la ni&ntilde;a aspiraban a quitarle la manguera para regar el jard&iacute;n, pero se supo que los astutos cronopios las hab&iacute;an pinchado de modo que el agua se hac&iacute;a pedazos en ellas y no serv&iacute;a para nada. Al final los padres se cansaban y la ni&ntilde;a iba a la esquina y saltaba y saltaba.<p> </p></span><span style="font-family: Arial">Con las mangueras amarillas los cronopios adornaron diversos monumentos, y con las mangueras verdes tendieron trampas al modo africano en pleno rodela, para ver c&oacute;mo las esperanzas ca&iacute;an una a una. Alrededor de las esperanzas ca&iacute;das los cronopios bailaban tregua y bailaban catala, y las esperanzas les reprochaban su acci&oacute;n diciendo as&iacute;:<p> </p></span><span style="font-family: Arial">- Crueles cronopios cruentos. &iexcl;Crueles!<p> </p></span><span style="font-family: Arial">Los cronopios, que no deseaban ning&uacute;n mal a las esperanzas, las ayudaban a levantarse y les regalaban pedazos de manguera roja. As&iacute; las esperanzas pudieron ir a sus casas y cumplir el m s intenso de sus anhelos: regar los jardines verdes con mangueras rojas.<p> </p></span><span style="font-family: Arial">Los famas cerraron la f&aacute;brica y dieron un banquete lleno de discursos f&uacute;nebres y camareros que serv&iacute;an el pescado en medio de grandes suspiros. Y no invitaron a ning&uacute;n cronopio, y solamente a las esperanzas que no hab&iacute;an ca&iacute;do en las trampas del rosedal, porque las otras se hab&iacute;an quedado con pedazos de manguera y los famas estaban enojados con esas esperanzas.</span></p><p> </p><span style="font-family: Arial"><p> </p></span>]]></description><pubDate>Thu, 13 Apr 2006 12:45:00 +0000</pubDate></item><item><title>Biografia de Tadeo Isidoro Cruz  Jorge Luis Borges</title><link>https://escritos.blogia.com/2006/041301-biografia-de-tadeo-isidoro-cruz-jorge-luis-borges.php</link><guid isPermaLink="true">https://escritos.blogia.com/2006/041301-biografia-de-tadeo-isidoro-cruz-jorge-luis-borges.php</guid><description><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"><span style="color: black; font-family: TimelessTLig; mso-ansi-language: EN-GB"><em>I&rsquo;m looking for the face I had <br />Before the world was made. <br /></em></span><span style="color: black; font-family: TimelessTLig"><em>Yeats: The winding stair.</em> <br /><br /><br />El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de L&oacute;pez, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galp&oacute;n, el confuso grito despert&oacute; a la mujer que dorm&iacute;a con &eacute;l. Nadie sabe lo que so&ntilde;&oacute;, pues al otro d&iacute;a, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballer&iacute;a de Su&aacute;rez y la persecuci&oacute;n dur&oacute; nueve leguas, hasta los pajonales ya l&oacute;bregos, y el hombre pereci&oacute; en una zanja, partido el cr&aacute;neo por un sable de las guerras del Per&uacute; y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibi&oacute; el nombre de Tadeo Isidoro. <br />Mi prop&oacute;sito no es repetir su historia. De los d&iacute;as y noches que la componen, s&oacute;lo me interesa una noche; del resto no referir&eacute; sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formaci&oacute;n, pero gauchos id&eacute;nticos a &eacute;l nacieron y murieron en las selv&aacute;ticas riberas del Paran&aacute; y en las cuchillas orientales. Vivi&oacute;, eso s&iacute;, en un mundo de barbarie mon&oacute;tona. Cuando, en 1874, muri&oacute; de una viruela negra, no hab&iacute;a visto jam&aacute;s una monta&ntilde;a ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no sali&oacute; de una fonda en el vecindario de los corrales. Pas&oacute; ah&iacute; muchos d&iacute;as, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levant&aacute;ndose al alba y recogi&eacute;ndose a la oraci&oacute;n. Comprendi&oacute; (m&aacute;s all&aacute; de las palabras y aun del entendimiento) que nada ten&iacute;a que ver con &eacute;l la ciudad. </span></p><span style="color: black; font-family: TimelessTLig"><p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"><span style="color: black; font-family: TimelessTLig">Uno de los peones, borracho, se burl&oacute; de &eacute;l. Cruz no le replic&oacute;, pero en las noches del regreso, junto al fog&oacute;n, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no hab&iacute;a demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendi&oacute; de una pu&ntilde;alada Pr&oacute;fugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches despu&eacute;s, el grito de un chaj&aacute; le advirti&oacute; que lo hab&iacute;a cercado la polic&iacute;a. Prob&oacute; el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quit&oacute; las espuelas. Prefiri&oacute; pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhiri&oacute; a los m&aacute;s bravos de la partida; cuando la sangre le corri&oacute; entre los dedos, pele&oacute; con m&aacute;s coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la p&eacute;rdida de sangre, lo desarmaron. El ej&eacute;rcito, entonces, desempe&ntilde;aba una funci&oacute;n penal; Cruz fue destinado a un fort&iacute;n de la frontera Norte. Como soldado raso, particip&oacute; en las guerras civiles; a veces combati&oacute; por su provincia natal, a veces en contra. El veintitr&eacute;s de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acci&oacute;n recibi&oacute; una herida de lanza. </span></p><span style="color: black; font-family: TimelessTLig"><p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto"><br />En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, due&ntilde;o de una fracci&oacute;n de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la polic&iacute;a rural. Hab&iacute;a corregido el pasado; en aquel tiempo debi&oacute; de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una l&uacute;cida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oy&oacute; su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro s&iacute;mbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre qui&eacute;n es. Cu&eacute;ntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sab&iacute;a leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a s&iacute; mismo en un entrevero y un hombre. </p><p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto">&nbsp;</p><p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto">Los hechos ocurrieron as&iacute;: <br />En los &uacute;ltimos d&iacute;as del mes de junio de 1870, recibi&oacute; la orden de apresar a un malevo, que deb&iacute;a dos muertes a la justicia. Era &eacute;ste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, hab&iacute;a asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que proced&iacute;a de la Laguna Colorada. En este lugar, hac&iacute;a cuarenta a&ntilde;os, hab&iacute;anse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los p&aacute;jaros y a los perros; de ah&iacute; sali&oacute; Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ah&iacute;, el desconocido que engendr&oacute; a Cruz y que pereci&oacute; en una zanja, partido el cr&aacute;neo por un sable de las batallas del Per&uacute; y del Brasil. Cruz hab&iacute;a olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoci&oacute;... El criminal, acosado por los soldados, urdi&oacute; a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; &eacute;stos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se hab&iacute;a guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y &iexcl;os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura tr&eacute;mula acechaba o dorm&iacute;a el hombre secreto. Grit&oacute; un chaj&aacute;; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresi&oacute;n de haber vivido ya ese momento. El criminal sali&oacute; de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevi&oacute;, terrible; la crecida melena y la barba gris parec&iacute;an comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. B&aacute;steme recordar que el desertor malhiri&oacute; o mat&oacute; a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combat&iacute;a en la oscuridad (mientras su cuerpo combat&iacute;a en la oscuridad), empez&oacute; a comprender. Comprendi&oacute; que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendi&oacute; que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendi&oacute; su &iacute;ntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendi&oacute; que el otro era &eacute;l. Amanec&iacute;a en la desaforada llanura; Cruz arroj&oacute; por tierra el quepis, grit&oacute; que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Mart&iacute;n Fierro. </p><p>&nbsp;</p><p><strong>Fuente: </strong><a href="http://www.estebanpinotti.com/"><strong>http://www.estebanpinotti.com</strong></a></p></span></span>]]></description><pubDate>Thu, 13 Apr 2006 12:08:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
